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MALDITA NAVIDAD O EL VERDADERO FINAL DEL FIN DE AÑO (A MEDIADOS DE ENERO)
 
 
  Publicado el 14/01/11
 

Hoy, viernes 14 de Enero, por fin los reyes magos se han dignado a bajar de mi departamento, con una semana de retraso y dejando toda suerte de porquerías en la mesa y las gavetas y el refrigerador y mi cuarto y mi cama. No llegaron con mirra, incienso y oro, sino que lo hicieron cargando cerveza, vodka y whisky.

Hace años que no espero recibir regalos pero siempre acabo recibiendo el mismo, a mi hermana en viaje intercontinental en curso de colisión contra mi sofá. Porque las fiestas hay que pasarlas en familia, sea lo que sea que eso implique. Un pedacito de familia sigue siendo una familia.

Será porque desde hace mucho no gozamos de una estructura familiar convencional que nuestras fiestas no son como las de las postales o las de las películas navideñas, sino que se asemejan más a las del mundo en el que estamos metidos hasta el cuello. Papá y mamá están en puntos opuestos del planeta ocupándose de sus nuevas familias, así que a nosotros nos llenan las cuentas bancarias y nos dejan en paz. Todos felices de esta forma… nosotros, mi hermana y yo, somos algo así como sus primeros intentos (fallidos) en esto llamado paternidad, y bueno, a la tercera es la vencida. Nuestros medio-hermanos se llevan lo mejor de unos padres que han aprendido mediante el siempre confiable método del ensayo y error.



Así que mi hermana llega a regalarme lo hermoso de su presencia por unas cuantas semanas en que la pasamos alargando nuestras vacaciones hasta el punto en que nuestra estabilidad laboral peligra seriamente, y nos dedicamos a beber, no, al demonio, eso suena muy refinado, nos dedicamos a chupar y nos la pasamos ebrios dos terceras partes del tiempo, y yo no escribo nada, ni direcciones escribo, pues es tiempo de alejarse de la ficción y de dejar de pensar. Entonces mi hermana me tumba en el sofa y pregunta si tengo novio y yo le repregunto que si ya tiene novio o novia o ambos, y nos miramos un rato y damos un largo sorbo a la cerveza mientras suspiramos y nos preparamos para ordenar el desorden de nuestras vidas en el año transcurrido.

Pero antes es noche buena, o noche mala dependiendo quienes se aparezcan a cenar. Comparto el depa con M, que es un amor entre los amores, con sus ojos cansados y esa aura de serenidad que la rodea todo el tiempo. M jamás está sola, en todos los años que la conozco, la mayor cantidad de tiempo que la he visto sin novia… no, novia no es la palabra, ni enamorada, ni pareja… la mayor  cantidad de tiempo que la he visto sin un enredo debe de haber sido por cinco días. M ya está llegando a mitad de la base dos pero siempre se mete con chiquillas que recién están por entrar a ella.  Este día el enredo de M es una chica que no he visto antes, una pecosa de diecinueve años y de apariencia medio asustada que se ha metido en un problemón con sus padres por no pasar las doce con ellos e irse a celebrarlo con M. Como a las seis de la tarde el primero en llegar es Otto, que no se llama Otto pero que le pusimos así ya hace bastante tiempo, por un incidente en el bar alemán. Entonces llega Otto con un par de bolsas, dispuesto a hacerse de la cocina para preparar algo con sus propias manos, pues no soporta que nuestra concepción de “preparar la cena” sea descongelar algo en el microondas o que la mitad de las cosas por comer provienen de sitios de comida rápida, barriles de KFC y pizzas ¿quién demonios come pizza la noche de navidad? Y mi hermana que le sonríe mientras deja tres cajas de pizzas familiares sobre la mesa. De allí llegan Abel y Federico que tienen todos los años juntos y que si alguna vez terminan provocará que todos dejemos de creer en el amor, porque si para ellos se acaba, para nosotros no hay esperanza. Se ponen a darle los últimos toques a los arreglos de temporada, y de decorar el árbol que a mi hermana se le ocurrió reemplazar, de último momento, por uno real, a pesar que le dije una y mil veces que esas cosas se mueren a los tres días. Finalmente aparecen los demás: Blanca trae cohetes; Verónica trae dos botellas de vino y a una amiga; Dino y Caren traen una buena discusión encima, oh, y comida china también; André trae su depresión abrazada a una etiqueta roja, todo por haber terminado con el novio tres días antes; Marco trae la determinación de consolarlo con la ayuda de un Stolichnaya, Fiorella y la otra Fiorella se traen un rollo medio raro y una borrachera de aquellas, eso y una selección variada de cigarros.



Y ya estamos todos, con pizza y pollo y chifa y pavo y purés y mil cosas más al lado de trago y cigarros y en el equipo de sonido suena Bad Romance y Otto ha puesto un nacimiento de cartón que nadie sabe de dónde lo ha sacado pero que resulta un articulo muy conveniente para personas que se disponen a pasar navidad en la casa de una sarta de no creyentes. Dan las doce y nos abrazamos y el brindis empieza a parecerse a una ronda de secos y volteados y todos vamos al balcón para fumar y lanzamos cohetes desde allí y  mi hermana me abraza y de eso se trata la navidad, más allá de correr a última hora por las tiendas de departamento buscando “el” regalo” o procurando que la cena se vea idéntica a la que aparece cuando buscas “cenas navideñas” en google imágenes, se trata de pasarla con los que quieres (y no con quienes se supone debes de pasarla). Pero de pronto suena el timbre, voy a abrir, y la sorpresa que me llevo al encontrarme con L, viéndose incluso más miserable que André y pidiéndome perdón, que me quiere, que si puede pasar… y por la sorpresa y el shock me pierdo el espectáculo que están montando Fiorella y la otra Fiorella al empezar a besarse frente a todos. De fondo, una vez más, suena Bad Romance.

L no es una mala persona, el problema es que no puede quedarse con la bragueta cerrada. ¿Es que la fidelidad es algo tan difícil de practicar? ¿Es antinatural? ¿Requeriremos de drogas o procesos de condicionamiento para poderla mantener? ¿Por qué lo hacemos? Todas estas preguntas y más mi hermana y yo nos las hicimos estos días, tirados en la cama viendo una película, tomándonos un café, comprando estupideces, dando mil y un vueltas, tomando en un bar, bailando en una discoteca (hay un extraño episodio en que Blanca nos dice que cuando mi hermana y yo bailamos juntos parecemos una pareja de hermanos heterosexuales e incestuosos), arrastrándonos borrachos hacia el depa mientras M nos escuchaba entretenida, y nosotros berreando unos “¿Por qué?” y ella respondiendo “porque así es”

Para M uno es infiel porque, o más bien, se tortura con el asunto de la infidelidad porque es incapaz de conciliar los verdaderos deseos que posee con el lavado cerebral al que hemos sido sometidos desde chicos. Esas ideas de cómo debes de hacer las cosas que todo tipo de discursos se han encargado de meterte en la cabeza. M es honesta y pone las cosas claras antes de empezar algo, puede sonar crudo e increíblemente anti climático, pero resulta… por allí alguien se enamora de ella pero no es su problema, M la conforta como puede pero eso no significa que las cosas cambien. M es un espíritu libre y lo que M quiere es tener un centenar de vivencias y buenos recuerdos con un centenar de personas sin atarse a alguien en particular, un cuerpo a la vez, a veces dos, a veces tres… M quiere a todas estas chicas, realmente las quiere, casi nunca pierde el contacto y las ve seguido; hay quienes vuelven a su vida por breves episodios, cuando han terminado una relación por ejemplo o simplemente porque saben que M es genial y sabe divertirse sin valerse de falsas promesas o mentiras. Todos estos pequeños cariños parecen formar un gran amor, y para ella funciona a la perfección.

Para mí no es tan fácil. La mañana del 25 J está entre las sábanas de mi cuarto y mi hermana en una situación algo complicada en el sofá. Afortunadamente pasan las horas y volvemos a quedar solos. J se va diciendo que me llamará más tarde, y mi hermana se despide de su enredo de una forma bastante incómoda y dolorosa de presenciar. Nos miramos intentando reprocharnos el ruinoso comportamiento que estamos mostrando pero ninguno tiene la autoridad moral para hacerlo, en cambio decidimos prepararnos el desayuno.

Prepararnos el desayuno implica hurgar entre las sobras de la cena.

Mientras comemos llegamos a la conclusión que este año (también) nos la hemos pasado llenando el vacío con otros cuerpos, renegando por las malas jugadas y justificando nuestros deslices con pretextos como “… es que me fregaron” o simplemente resignándonos a calificarnos como malas personas, le hemos contestado llamadas a nuestras parejas diciéndoles que estábamos en nuestros cuartos pero omitiendo el detalle de que no estábamos solos, nos han comentando que han visto a nuestras parejas siéndonos infieles, nos han confesado infidelidades y las hemos visto de primera mano, y todo esto también lo hemos hecho nosotros, hemos sido tanto victimas como victimarios.
Repasamos todo lo que nos ha sucedido y sin darme cuenta es de noche, sin darme cuenta pasan los días, sin darme cuenta lo estoy intentando con J.



Hasta que…

Treinta de Diciembre y lo encuentro en sospechosas actitudes con un tipo que siempre lo ha rondado. Pienso que me puedo equivocar, puedo estar malinterpretando las cosas… aunque la verdad es que es bastante difícil hacerlo cuando el tipo le está comiendo la boca y J tiene su mano metida en los pantalones del otro.

J me pide disculpas y yo le pido que se largue bien lejos

Pero como no lo hace, depende de mí que sea hora de poner algo de distancia y mandar todo al diablo. M se fue a Argentina por año nuevo, como a mi hermana y a mi esos gustos son mucho gasto nos conformamos con ir más cerca. Aceptamos una invitación y terminamos en la playa zozobrando entre mares de alcohol. Somos los náufragos más felices de la historia.

Eventualmente tenemos que regresar… todo lo bueno acaba ¿no?

Mi hermana hace sus maletas, y me dice que si cree que la voy a acompañar al aeropuerto estoy muy pero muy equivocado, pero al final resulta que no lo estoy tanto pues allí estamos los dos. Me abraza por diez minutos y me especifica cada una de las cosas que tengo que hacer, yo la abrazo por quince y le suelto la lista de todo lo que no tiene que hacer. Allí va mi familia, mi familia entera en un viaje intercontinental en curso de colisión contra su vida en otro huso horario.

Regreso al departamento y recién reparo en el pino navideño que compró mi hermana, está muerto.

Hoy, viernes 14 de Enero, por fin los reyes magos se han dignado a bajar de mi departamento, con una semana de retraso y dejando toda suerte de porquerías en la mesa y las gavetas y el refrigerador y mi cuarto y mi cama y mi vida. En verdad no se han dignado a bajar he sido yo quien ha tenido que botarlos a patadas, a ellos, a tres enormes bolsas de basura y un pino navideño muerto. Finalmente siento que empieza el nuevo año, he estado en una suerte de viaje que me dejo de saldo un jet lag de varios días.

A ver que resulta de estos trescientos y pico de días que quedan… Allí vamos

 

 

 



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