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Se dice, se comenta, que los gays somos por naturaleza unos viciosos y unos promiscuos, que nos encanta follar mucho y con cuantos más mejor y que huimos del compromiso y de las relaciones estables. Pero ¿qué hay de verdad en esa aparentemente incensante búsqueda del placer sexual?
Los gays estamos en general a comprometernos en relaciones de pareja. Lo habrán oído por todas partes. No sé si conocen ustedes el chiste aquel: ¿Qué se lleva un gay a una segunda cita? Un tercer marica. Porque nos encanta hacer tríos y orgías. En contraste, tampoco podemos desgajarnos del típico tópico que asegura que las lesbianas están ansiosas por comprometerse en relaciones de pareja. No sé si conocen ustedes el chiste aquel: ¿Qué se lleva una lesbiana a una segunda cita? La maleta con todas sus cosas para mudarse. Porque las lesbianas, como mujeres, no practican el sexo, sino que se enamoran todo el rato y se comprometen a la mínima (nótese la ironía).
Puede que sea cierto que los gays, en general, tienden a ser más promiscuos que las lesbianas, pero esto no se debe a la orientación sexual, como se cree erróneamente. Mucha gente piensa que los maricones, como sodomitas de pro, hijos de Belcebú y enfermos mentales depravados, nos dedicamos a follar sin ton ni son y que nos lo montamos con nuestro médico, con el taxista, con el de la tienda de la esquina, con el cajero, etc. Se comenta que, biológicamente hablando, somos así de impulsivos y calenturrientos, unos pervertidos que sólo pensamos en meterla. De hecho, no sé cuántas veces he oído eso de es que los gays lo tienen mucho más fácil, que llegamos al cuarto oscuro y listo, a concretar el asunto (claro, porque nosotros no tenemos citas, ni cenas, ni estrategias de cortejo, ni invitamos a un trago, ni hablamos, ni nos sonreímos, ni nada… sólo metesaca). Esto ocurre porque el imaginario colectivo ha interiorizado que los hombres homosexuales somos promiscuos, venimos así de serie, mientras que las mujeres (lesbianas y heteros) y los hombres heterosexuales no lo son, o lo son en menor medida. Sin embargo, la realidad es otra muy diferente.
Porque lo cierto es que esto, lo de follar con mucha gente, no es patrimonio exclusivo de los maricones; es, más bien, una seña de identidad de los hombres (tanto homosexuales como heterosexuales), al menos en esta sociedad. El compromiso, los sentimientos y las emociones son atributos tradicionalmente femeninos. El amor en sí, así como el romanticismo, ha sido desde siempre más propio de mujeres. Muy recurrente es el tema central de numerosas tramas de películas, series, canciones y novelas en las cuales mientras ella cree ciegamente en el amor, se imagina de blanco y espera que su novio le pida matrimonio, él siente un montón de dudas porque asocia eso de casarse, el compromiso por excelencia, a una especie de castración: una pérdida de virilidad. El hombre que se casa es un poco menos hombre. Recupera su hombría cuando es infiel o, al menos, así es cómo se percibe socialmente. Por eso el adulterio y la infidelidad es una práctica más frecuentada por hombres.
Y si a los hombres ya les cuesta reconocerse amando a una mujer, no les digo ya el trabajo hercúleo que se les presenta cuando el objeto de amor es un hombre. Óscar Guasch, un señor que es muy sociólogo, mantiene teorías muy interesantes al respecto en Héroes, científicos, heterosexuales y gays. Gracias a nuestra educación y socialización, los hombres tienen más predisposición a sentirse inseguros y a salir corriendo como alma que lleva el diablo cuando hablamos de amor y sentimientos; inseguridad que se duplica en el caso de que el objeto de amor sea otro hombre. No sólo estoy hablando de relaciones homosexuales, sino que quiero referirme también a ese otro caso tan típico de los dos amigotes completamente heteros que se muestran incómodos y que no terminan de reconocer expresamente que sienten amor el uno por el otro, aunque se trate de un amor meramente fraternal o amistoso. Por mucho que nos guste alardear de cuánto hemos avanzado, aún está vigente la idea de que los hombres de verdad no quieren a otros hombres de verdad, no tienen sentimientos hacia otros hombres. Sigue siendo extraño ver a dos hombres manifestarse afecto mutuo y si lo hacen se subraya mediante gestos y distancia, “sin mariconadas”. Tal y como dice Guasch: La homofobia es mucho más que odiar a los gays. La homofobia es el temor de los varones a amar a otros varones.
Así que la promiscuidad, la infidelidad, la soltería y eludir el compromiso se convierten en comportamientos que reafirman la hombría y la virilidad. Comportamientos que, tal vez, los gays exageremos y llevemos al extremo sólo porque se cuestiona nuestra hombría con más fuerza y con más frecuencia, porque albergamos una mayor ansiedad a la hora de acercarnos a la imagen del machote, no parecer nenazas y no ser tratados de modo despectivo.
Aunque, esto, claro, no es más que una hipótesis...
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