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Envejeciendo en el mundo gay

Los primeros síntomas son espantosos. Aquellas simpáticas líneas de expresión que te conferían aquel maduro atractivo, se han transformado de repente en inmaquillables surcos de profundidad abismal. Esas plateadas canas que asomaban por tus sienes haciéndote ver distinguido, se han vuelto blancas cual nieve mientras trepan a terrenos elevados sin nada que las detenga. ¿Y dónde se escondieron las abdominales, fruto de tantos años de esfuerzo y dedicación? Ese paquete de músculos tensos sobre los que podía rebotar una moneda, ahora son una masa gelatinosa donde se hunde cuanto cae sobre ella.
Con mayor o menor dramatismo, el envejecimiento no es un trago fácil de digerir para los varones gays. Y es que el aspecto, la imagen, la onda, la belleza y, en definitiva, la juventud son parámetros muy valorados (tal vez, demasiado) en una comunidad que practica hasta la obsesión el culto por lo vano y los cuerpos de dios griego.
Se supone que, en semejante contexto, la pérdida de la juventud es el principio del fin, un trágico devenir de sucesos, una espiral descendente en cuyo inexorable final reside un monstruo tan temido: la soledad.
Pero ocurre, que en medio de estas crisis, uno suele olvidarse que no envejece solo. Hay varios millones de habitantes en el mundo que nos emparejan en edad, la mitad de ellos son hombres, y un 10% son gays. Así que no estaría mal desdramatizar un poco la etapa cuarentona, ¿verdad?
De hecho, entre la variada oferta de Internet pueden encontrarse sitios destinados a esta población, tal es el caso de “older4me”, que se define como “el hogar de los hombres maduros”, y combina la posibilidad de contactarse con otros hombres y la producción de contenido erótico.
Pero más allá de las anécdotas más o menos simpáticas, lo cierto es que el envejecimiento gay encierra un costado de gran vulnerabilidad, por lo menos desde que nuestro colectivo decidió cobrar visibilidad, allá por la década del 70’. No por nada se ha reservado para esta tercera edad el término “grey gay”, que no connota una etapa feliz, precisamente. Durante décadas, los gays hemos sido parias de nuestras propias comunidades y familias, debiendo aprender a sobrevivir en una soledad que golpea más fuerte durante la vejez.
¿Cuántas veces hemos escuchado sobre gays que se encuentran totalmente desprotegidos de la noche a la mañana, porque su pareja falleció y la ley (y la familia del fallecido) los despojan de todo bien, incluido el techo bajo el cual vivían? Ni hablar del hecho de que al no haber podido conformar una familia en un marco legal, que por ejemplo les haya permitido adoptar, se encuentran en la etapa más solitaria de sus vidas.
La raíz de esta vulnerabilidad es por demás conocida y ha sido la falta de legislación que incluya nuestro estilo de vida, algo que actualmente comienza a revertirse en varios lugares del mundo.
No es la intención finalizar este artículo con un lagrimón. Más bien invitarlos a relativizar los miedos “superficiales” de la vejez, y a valorar los avances legislativos, en cuanto a derechos adquiridos, de legislaciones como la argentina. Tal vez la próxima vez que encontremos un cabello plateado o una línea de expresión más pronunciada ya no entremos en pánico
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