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“Él es genial, divertido y tierno. Con él creo que puedo pensar en un futuro de pareja… ¡Pero nos llevamos 20 años de diferencia!” Si este lamento parece exagerado, es más habitual de lo que se cree. En el mundo gay, en donde la edad divide aguas y condiciona la valoración de las personas, ¿qué hacer cuando el amor se presenta entre dos generaciones?
Para el amor no hay recetas, ¡y menos para el amor intergeneracional! Pero algo es seguro: lo primero, en cualquier caso, es ser honestos con uno mismo acerca de si realmente sentimos algo especial por esa persona, como para dar el gran paso de empezar a construir una relación. Si es así, no importa su edad, su género, su color… ¡Adelante!
Si algo bueno tiene una relación intergeneracional es que no suele existir la competencia. Probablemente, el miembro mayor se encuentre en una mejor situación financiera, mientras que el menor sea más atractivo. Este último será el que brinde pasión y energía, mientras que el primero, seguridad y madurez. Será el más joven el que aporte impulso y espontaneidad, mientras que el mayor asegure contención y estabilidad. En definitiva, es probable que una pareja intergeneracional descanse en un equilibrio de roles, energías y estados.
Sin embargo, no todo es rosa para este tipo de parejas. Hay dos momentos difíciles que sus miembros deberán sortear. Uno inmediato y otro a largo plazo. El más cercano tiene que ver con nuestro entorno social, fundamentalmente: amigos y familia. Tarde o temprano, las relaciones también necesitan hacer su coming out, y será inevitable que tu gente exprese sus opiniones y te pregunte por qué deseas estar con alguien que te lleva tantos años (de más o de menos). Los dos tienen que estar bien preparados y seguros para afrontar esta etapa.
El segundo momento complicado en este tipo de relaciones suele ser más íntimo y surge cuando la pareja comienza a tener perspectiva de futuro. Entonces, sus miembros chocan con una cruel realidad: la vida promedio de una pareja intergeneracional es menor que la de una pareja convencional. Es decir, cuando el más joven tenga 30, el mayor tendrá 50; cuando el más joven tenga 40, el mayor estará por jubilarse. Será el menor quien deberá cuidar al mayor, en su vejez. Finalmente, el menor deberá afrontar la muerte del mayor.
Independientemente de estas perspectivas “promedio”, nada quita que una relación intergeneracional dure más que una convencional, y ya sabemos que ningún tipo de relación tiene el éxito asegurado. En todos los casos, es necesario trabajar juntos, día a día, para fortalecer ese vínculo que tanto cuesta conseguir.
Fuente: Sentido G
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