EL COMIENZO DEL AMOR
De cómo dos amigos se convieten
en amantes
Nuestra
historia tuvo lugar en una ciudad provinciana
de Perú, al sur del país.
En enero del año 2007. En ese entonces
me fui a vivir a esa ciudad para colaborar
en un trabajo de promoción social.
Mi compañero y amigo en ese entonces
tenía 23 años y yo 24. Nos
conocimos en el trabajo. De primera impresión
yo no le caí bien a él.
Con el tiempo fui ganándome su
confianza, su amistad y su admiración,
Hasta que nos convertimos en los dos grandes
amigos. Él era con quien yo compartía
gustosamente mi diario vivir. Yo para
él era un ejemplo de templanza,
de perseverancia para lograr las metas
y ejemplo de practicidad.
Él era delgado con un cuerpo magro,
que dejaba ver una preciosas nalgas coronando
una bien delineadas y torneadas piernas
que a diario ejercitaba corriendo unos
4 kms. Su piel morena clara, pelo negro
ojos negros. 1.74 de estatura y si mal
no recuerdo 65 Kg. Yo 1.76 mts. de estatura,
73 Kg.. en ese entonces, ahora habrá
unos 6 más. Mi piel es blanca soy
ligeramente lampiño, pelo castaño
y ojos verdes, aunque no hacía
tanto ejercicio como él, me mantenía
en forma ya que mi cuerpo tiende a ser
atlético.
José me parecía un chico
encantador ya que gozaba de buena estima
entre los demás del trabajo y,
por que no decirlo, varias muchachas del
trabajo estaban loquitas por él.
Una calurosa tarde de enero, José
vino a visitarme. Yo vivía en una
especie de casa de huéspedes donde
cada quien tenía una habitación
individual con todos los servicios. En
casa estábamos todos, pero como
era día de salir todo el mundo
se fue, ya sea de paseo o simplemente
a dar la vuelta por ahí. Yo preferí
quedarme para conversar y compartir. Así
que lo invité a mi habitación
para que allá charláramos
a gusto y le enseñara cosas de
mi pasado. La historia gráfica
de mi vida: fotos y experiencias que acontecieron
en torno a esas fotos. También
platicamos de todo lo que los grandes
amigos se comparten de sus respectivas
vivencias.
Puedo
decir que esa tarde tuve una gran experiencia
íntima con él, en lo que
a amistad se refiere. Ambos vivimos un
momento muy pleno, donde la confianza
y la sinceridad eran los dos grandes ingredientes
de nuestra conversación. En esta
charla lo sexual no fue tema. Es más,
no hacía falta ya que era muy agradable
como estábamos conversando esta
tarde. De esta forma mi pasado gay quedó
oculto. No quise hablar de ese tema porque
pensaba que yo no volvería a tener
experiencias de esa índole. No
las rechazaba pero tampoco las buscaba.
No tenía temor en compartirle esas
experiencias pero hasta ese momento no
sentí que fuera prudente.
Nos encontrábamos en mi habitación,
yo portaba una chompa de algodón
y unas bermudas. Mi forma de vestir no
era extravagante o provocativa, ropa normal
para estar en casa. Después de
más de dos horas de plática
yo me sentí algo cansado y con
sueño. Tanto por la conversación
como por la buena comida que habíamos
dado unas tres horas antes. Le comenté
a él que me sentía cansado
y cómo me encontraba sentado en
la cama simplemente me dejé recostar
hacia atrás. Sentí que el
sueño me vencía y lo invité
a tomar la siesta también. Creo
que él también tenía
sueño porque sin más aceptó
la invitación y se recostó
junto a mí, nos quedamos dormidos
como por una hora.
Cuando desperté, vi que José
dormía profundamente boca arriba.
Sin pensar en nada me giré, quedando
sobre mi costado izquierdo y le eché
encima el brazo derecho, lo abracé
sin que se despertara. Fue un acto instintivo
que no llevaba ninguna segunda intención,
ni malicia. Al poco rato despertó
y le extrañó el hecho que
yo lo estuviera abrazando. Cuando volteo
a verme le sonreí ligeramente y
le comenté que me sentía
muy bien con la plática que habíamos
tenido, que al despertar sentí
ganas de darle un abrazo, sellando la
amistad y el cariño que le tenía.
Él correspondió abrazándome.
Era un abrazo de dos buenos amigos, que
transmitía una energía que
jamás había sentido. Ese
abrazo me hizo sentir tantas cosas que
no pude distinguir cuál de todas
las emociones expresadas era la más
fuerte. Nos soltamos y seguimos platicando
sobre el mismo tema que nos ocupó
antes de la siesta.
Ahora el tema era lo que en la vida buscábamos.
Al poco rato yo le comenté que
cuando nos abrazamos sentí algo
extraño: una revoltura de emociones
y una cierta excitación que no
había experimentado antes. Que
también se trataba de una excitación
sexual y que me había dejado un
tanto inquieto.
Eso
lo apenó mucho. Lo noté
y le dije que quien se debería
apenar era yo por haber experimentado
eso con él. Fue entonces que quise
sincerarme con él y decidí
decirle que en el pasado yo había
tenido experiencias con hombres. Le aclaré
que no me había percatado de la
sensación ahora experimentada.
Pero que jamás había experimentado
ese vibrar con alguien. Que no se preocupara,
pues yo lo apreciaba mucho y que como
amigo quería conservarlo por mucho
tiempo. Esto era cierto y no pensaba perder
mi amistad por hacer algo que rompiera
con esa bella relación.
Con cierto pudor él me dijo que
de alguna forma sintió lo mismo.
Y que jamás había experimentado
algo parecido. Que eso le daba pena. Ya
en el pasado un amigo suyo, declarado
gay desde los 17 años, lo había
invitado a tener experiencias de ésta
índole, con otro chico, no necesariamente
con él. La intención era
que también conociera esta forma
de vivir la sexualidad. Él me dijo
que jamás se había animado,
que eso le parecía fuera de lugar
y un tanto repugnante.
Tratando de que nos aclaráramos
le comenté que en ciertos momentos
se siente eso. Que una especie de excitación
sexual que entre hombres también
pasa. Que no se sintiera mal y que ahí
dejáramos ese tema.
Seguimos conversando de otras cosas, estábamos
frente a frente sobre mi cama apoyados
en nuestros respectivos dorsos yo lo veía
fijamente a la cara y en cierto momento,
impulsiva y repentinamente acerqué
mi boca y lo besé. Él se
quedo inerte, no atinó a reaccionar.
Fue el receptáculo de uno de mis
más espontáneos y repentinos
besos.
Retiré
mi boca de la suya, lo miré a los
ojos, él expresaba cierto gusto
y extrañeza por lo recién
sucedido. Con mi mano derecha tome su
cara por la mejilla, mientras lo veía
a los ojos. Él movió su
cabeza en actitud negativa, yo asentí
con la mía y nuevamente lo besé.
Aceptó mi beso y finalmente correspondió
abriendo su boca y diciendo ¡Qué
rico beso! Jamás había yo
sentido un beso con tanto deseo y pasión.
Así estuvimos un buen rato, ya
no solo era el beso, nuestras manos con
impetuosas caricias exploraban los hasta
ahora desconocidos cuerpos. Lo comencé
a desnudar y él accedió
sin poner objeción, es más
cooperaba y hacía lo mismo conmigo.
No sé como nos quitamos los pantalones
ya que todo ese tiempo estuvimos acostados
hasta que quedamos plenamente desnudos
sobre mi cama. Cuerpo a cuerpo, corazón
a corazón.
En una de esas, llevé su mano a
mi pene, él estaba nervioso, pero
se dejaba llevar. Cuando me lo tocó
reconoció de lo que se trataba
y con cierto temor quiso retirar su mano.
Finalmente lo tomó y comenzó
a acariciarlo, lo hacía con una
suavidad y tacto que yo comencé
a sentir como se comenzaba a lubricar
el capullo de tan preciado instrumento.
Mientras tanto, yo le recorría
con mis manos todo su cuerpo, por la espalda
hasta llegar a las nalgas y acariciarlas
con suavidad.
Después
de un rato le pregunté si quería
que lo hiciéramos. Me contestó
con un abandonado no sé. Todavía
perduraba en él una lucha entre
su razón y su pasión. Lo
tomé por la espalda y lo deslicé
para que quedara acostado boca abajo.
Yo le acariciaba todo el cuerpo, desde
el cuello, pasando por su espalda, sus
nalgas piernas y llegando casi a los tobillos.
Aprovechaba para besarlo en cuello, espalda
y darle ligeros mordiscos en sus nalgas.
El placer que él experimentaba
cada vez era mayor.
En cierto momento mojé con abundante
saliva mis dedos y traté de lubricar
su aún virgen agujerito. Mientras
que besaba su cuello, sus orejas y él
de ves en cuando, con su cabeza girada
hacia mí me daba un beso lleno
de pasión y gloria. Yo me disponía
a penetrarlo y unirme a él con
ese sello que solo da el amor. Él
seguía boca abajo y yo le separé
las piernas considerablemente. Moje mi
verga con abundante saliva y le proporcioné
una buena ración de saliva en su
agujerito. Me coloque sobre él,
con cuidado, procurando que no cargara
él con todo mi peso.
Cuando
me disponía a penetrarlo comencé
a dar mordiscos en su cuello, y oreja,
mientras que con una mano colocaba mi
pene en dirección al anhelado culito.
Una vez ahí comencé a presionar
lento, muy lentamente, y la cabeza del
pene iba abriendo el camino. Me dijo:
espera que me duele mucho. Me quedé
inerte, apenas había entrado la
cabeza del pene. Mientras tanto, le hablaba
al oído para que se relajara de
vez en cuando besaba su cuello y sus orejas
y con mis manos daba caricias a sus hombros
y espalda. Nuevamente aproveché
para girar su cara y besarlo en la boca.
Cuando sentí que nuevamente se
había relajado, comencé
a empujar de nuevo, mientras su esfínter
seguía cediendo. Era rico sentir
como cada vez estaba yo más dentro
de él. Cada vez se facilitaba más
la penetración hasta que definitivamente
lo tuvo todo dentro.
Ese momento lo selle con un beso lleno
pasión. Boca a boca, donde él
me manifestaba plenamente su amor y su
aceptación. Me quedé un
rato quieto, besando y acariciando su
espalda.
Luego comencé a sacar y meter,
meter y sacar. Despacio, muy despacio
tratando de recorrer todo ese túnel
del placer con mi excitado miembro. Él
abandonó la inercia y se comenzó
a mover instintivamente colaborando con
mis suaves embates, correspondiendo a
cada estímulo mío. Así,
de tal forma que recibía mi penetración
hasta el fondo, a tope, para casi salir
y volver a entrar a un ritmo que solo
el amor sabe realizar.
Después
de unos minutos, quizás tres, me
retiré de él, le pedí
que se diera la vuelta y se recostara
boca arriba. Y así lo hizo. Yo
le levanté las piernas y las puse
sobre mis hombros para volverlo a penetrar.
Mientras mi pene entraba, él en
su rostro manifestaba el más pleno
de los placeres mientras me recibía
nuevamente. Sus ojos cerrados, su expresión
de gozo, jamás olvidaré
esa expresión suya. Cuando la tuvo
toda dentro me acerque a su rostro y lo
bese mientras entraba y salía,
a ese ritmo que tanto gustaba a ambos.
Así por unos minutos hasta que
sentí contracciones en su esfínter,
deliciosamente me apretaba mi pene y sin
salirme bajé la mirada. Ohhh maravillosa
escena, él estaba eyaculando abundantemente
y con bastante fuerza, ya que unas gotas
de su semen le cayeron en la barbilla.
Eso me excitó muchísimo
a tal punto que ya no me contuve y le
propicié una tremenda eyaculación,
misma que con sus contracciones de esfínter
parecían detener el paso de mi
leche. Mi corrida fue abundante, plena.
Yo procuré depositar mi preciado
semen lo más dentro de él.
Otro beso en la boca sello ese momento
que ambos estábamos experimentando.
Ahora él me tomaba por el cuello
intentando que el beso durara una eternidad.
Así estuvimos hasta que el placer
de nuestros genitales desapareció.
Ambos estábamos exhaustos. Con
suavidad fui sacando mi pene que aún
estaba muy erecto.
Me recosté junto a él, coloqué
su cabeza sobre mi hombro y lo abracé.
Así nos quedamos un largo rato.
Él acariciaba mi pecho y mi abdomen
hasta el pubis. Yo le acariciaba la espalda
y el brazo que le quedaba libre. Esas
sutiles caricias denotaban que nuestra
historia apenas comenzaba, que era el
principio de una bella historia de amor.
En memoria tuya José, cuento esta
historia de quien me ha hecho conocer
el verdadero amor que puede existir entre
dos almas.
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